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Cisnes negros y poderes hegemónicos ¿Por qué genera tanta preocupación el populismo de Donald Trump?

Autor/a: 
Juan Manuel Muñoz Portillo

Dr. Juan Manuel Muñoz Portillo
Observatorio de Estados Unidos
Escuela de Ciencias Políticas/CIEP
Universidad de Costa Rica

Los gobiernos populistas son un fenómeno que parecía confinado a países latinoamericanos y europeos. Un aumento reciente de elección de jefes de gobierno populistas ligados al autoritarismo de derecha ha aumentado la preocupación en diversos círculos. En este aporte argumento que el fenómeno se ve exacerbado en el caso de Donald Trump en Estados Unidos, al ser un evento en apariencia altamente improbable y de consecuencias muy grandes para el sistema internacional; un cisne negro, en la terminología del estadístico libanés Nassim Taleb.

¿Por qué populismo?

‘Populismo’ es una palabra que se ha puesto de moda. Para Cas Mudde es el concepto que define nuestra época actual. En la academia el fenómeno se ha venido estudiando desde hace más de cuatro décadas. Uno de los estudiosos de esta materia más ampliamente citados es el argentino Ernesto Laclau quien en su libro La razón populista cataloga este concepto y el del cual se deriva —‘pueblo’— como ‘significantes vacíos’. Esto quiere decir que el pueblo y, por extensión, el populismo, existen de cierta forma pero como representaciones mentales muy imprecisas, cuyo significado es comprendido esencialmente y compartido por grupos específicos.

Poniendo a un lado los problemas semánticos del concepto ‘populismo’ y su relación con la realidad, este fenómeno se caracteriza al menos por la presencia de un discurso utilizado por algunos líderes dirigido a un grupo denominado ‘pueblo’ que debería definirse con adjetivos como virtuoso y bueno. Además, ‘el pueblo’ se define en contraposición a élites políticas, económicas e intelectuales de las cuales ha sido víctima.

Los medios de comunicación, los círculos políticos y académicos han reaccionado con fuerza al fenómeno de populismo, como lo han hecho ante grandes eventos como la ola democratizadora de finales del siglo pasado o el final de la Guerra Fría. Esta vez hay bastante preocupación y se observa en títulos de varios ensayos de publicación reciente. Es el caso de Cómo mueren las democracias, de Daniel Ziblatt y Steven Levitzky; Así termina la democracia, de David Runciman y El pueblo contra la democracia: Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla, por Yasha Mounk. Esto en el apartado de libros. La lista es casi interminable en opiniones y artículos académicos.

Todos estos trabajos tienen como denominador común una reflexión sobre el ascenso de Donald Trump al poder y eventos como Brexit en Reino Unido; país donde la expansión de la Unión Europea desde mediados de la década de 2000 hacia el centro y este europeo, ha significado una alta inmigración, principalmente de nacionales de Polonia. En Reino Unido, como en otras partes de Europa, el populismo ha venido acompañado con xenofobia.

¿Por qué hay tanto miedo?

En América Latina son numerosos los casos de gobiernos populistas desde la primera mitad del siglo XX. Con algunas excepciones —por ejemplo, Juan Domingo Perón, en Argentina; Alberto Fujimori, en Perú y Fernando Collor de Mello, en Brasil— estos han estado vinculados principalmente a la izquierda política. Es decir, tienen relación a partidos que defienden ideas de justicia económica, apelando a mecanismos de redistribución de riqueza, como también a otras causas como indigenismo y equidad de género.

La inminente llegada de líderes populistas de izquierda en América Latina ha generado y sigue generando preocupación, pero en mercados financieros internacionales, debido a la tenencia de activos por parte de extranjeros. También, en élites económicas nacionales que ven con desconfianza la potencial adopción de políticas de izquierda que tal vez afecten sus intereses.

En Europa, en cambio, los populismos han estado más ligados a movimientos de derecha. Estos son un poco más difíciles de clasificar porque en términos económicos a veces ‘la derecha’ se relaciona a redistribución económica. Sin embargo, un común denominador de estos partidos europeos es su rechazo a la inmigración y a la integración cultural. Los discursos de los populistas en estos casos están frecuentemente cargados de mensajes de xenofobia e islamofobia —es decir, rechazo a las personas musulmanas—. También, muchos de estos partidos —como algunos partidos de izquierda— comparten la idea de contar con líderes autoritarios, la cual encuentra apoyo entre muchos votantes.

Ronald Inglehart y Pippa Norris en su estudio de publicación reciente afirman que la combinación de valores autoritarios con discurso populista es un motivo de preocupación para las democracias liberales. En este sentido, volviendo a Ernesto Laclau, el populismo de líderes como Donald Trump tiene la plasticidad suficiente de generar una realidad alternativa para su audiencia; una ‘realidad’ creíble para muchos que se transmite a través del discurso y se reproduce en las actitudes de sus votantes.

‘El pueblo votó por Donald Trump’, ‘los inmigrantes y la competencia desleal de otros países les han robado el trabajo a los estadounidenses’, ‘hagamos a Estados Unidos grande otra vez’ son ideas que calan en la consciencia de muchos de los votantes del ahora presidente de Estados Unidos. Después de todo, una amplia base de votantes de Donald Trump son personas con baja escolaridad y que se han visto perjudicadas con la globalización.

Pero sus votantes también son personas que no comparten lo que analistas como Inglehart y Norris, arriba mencionados, llaman valores postmateriales. Estos están asociados a mejores oportunidades educativas y mejores ingresos económicos —clases medias y altas—. Por ejemplo, equidad de género, tolerancia a las diferencias étnicas, sexuales y religiosas, y protección del ambiente. Los paladines de estos principios en la arena política han sido los partidos de izquierda y centro-izquierda (socialdemócratas). Sin embargo, posiblemente, como afirma Chantal Mouffe, especialmente las socialdemocracias han descuidado a las clases trabajadoras, sus otrora principales aliados.

La llegada de Donald Trump al poder podría pensarse como un caso más que se agrega a la estadística de países que, como varios europeos desde inicios del presente siglo, han visto el ascenso de un líder populista de derecha. Algunos analistas han afirmado que Trump es un Adolfo Hitler en proceso y esto podría acarrear similares consecuencias como las que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Otros —por ejemplo, David Runciman— apuntan que la comparación podría ser apresurada, ya que, aunque con algunas similitudes, el contexto actual es diferente a la década de los treinta en el siglo pasado.

Sin duda alguna, parte de la preocupación que se genera en la actualidad es causada no por Donald Trump específicamente, sino más bien lo que parece ser una tendencia, con un aumento de líderes populistas de derecha o líderes populistas autoritarios asumiendo las riendas de nuevas y viejas democracias alrededor del mundo. Entonces, la ansiedad es generada en gran medida por esto que parece ser una tendencia ascendente de este tipo de líderes asumiendo el mando de sus naciones. Tal vez, entonces, podría pensarse que Trump es una estadística más.

El cisne negro y la hegemonía de los Estados Unidos en las relaciones internacionales

El matemático libanés Nassim Taleb llama ‘cisne negro’ a eventos altamente improbables, para los cuales usualmente no hay estadísticas o estas son muy escasas, que, además, debido a sus dimensiones tienen efectos muy grandes. Posiblemente, hemos tenido la percepción de que algo como el fenómeno de Donald Trump era altamente improbable, ya que estamos acostumbrados a pensar en Estados Unidos como un país con instituciones políticas históricamente muy sólidas y con la economía más grande del planeta; factores no asociados al fenómeno populista.

Entonces, la idea de tener a un líder con algunas similitudes a otros líderes populistas autoritarios puede ser motivo de preocupación. Esto aunado al peso que tiene ese país en el sistema internacional. Los académicos en relaciones internacionales, no terminan de definir si después de la Guerra Fría, actores como China o Rusia son poderes hegemónicos; sin embargo, la mayoría no tiene dudas en afirmar que Estados Unidos, aunque no tan fuerte como hace unas décadas, continúa siendo un poder hegemónico.

Los historiadores Charlie Laderman y Brendan Simms, argumentan que la preocupación no es tanto respecto a la política doméstica de este país. La globalización, liderada en alta medida por Estados Unidos en décadas anteriores, ciertamente ha generado perdedores en ese país, ante la deslocalización de su industria que se ha movido a países con salarios y prestaciones sociales más bajas. También debido a la creciente automatización y robotización. Estos factores han desmejorado la situación económica y social de muchos estadounidenses que trabajaban en esas industrias.

Sin embargo, Estados Unidos todavía cuenta con instituciones bastante robustas en donde no es claro cómo un Ejecutivo dominado por un presidente autoritario podría deshacerse de los controles ejercidos por las otras instituciones públicas. Para Laderman y Simms la preocupación viene por la política exterior de la que es todavía la potencia más grande en términos económicos y militares.

Y es que, de acuerdo con el análisis de los discursos de Trump por parte de estos autores, este ha demostrado una preferencia por estrategias de suma cero en la política exterior que ha proyectado inclusive desde mucho antes de ser presidente. Y es que la política exterior, a pesar de los frenos y contrapesos, es un poder esencialmente ejecutivo.

Para internacionalistas realistas como Robert Gilpin, el rol que un estado hegemónico como Estados Unidos debería asumir en un sistema internacional globalizado y cada vez más interdependiente, pero en el fondo anárquico, es de liderar esos procesos y generar más certidumbre en un sistema que funciona mucho en la informalidad. 

Sin embargo, la posición de Trump se distancia enormemente de ese ideal. El actual Presidente de Estados Unidos, siendo candidato arremetió contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), calificándola de obsoleta. Una posición que sostiene al día de hoy, aunque en parte su discurso contra la organización está ligada a la crítica de la contribución a su financiamiento. No obstante, también al multilateralismo que requiere para tomar decisiones.

Pero también, en temas de comercio internacional no ha temido las potenciales represalias de socios como China, la Unión Europea, México y Canadá, ante sus decisiones proteccionistas. Al momento de escribir, en medio de negociaciones comerciales entre China y Estados Unidos, este último anunció el aumento de aranceles alrededor de 200 mil millones de dólares a una lista de productos que actualmente importa del país asiático.

China, que importa menos productos estadounidenses, en respuesta anunció un aumento en 60 mil millones los aranceles a productos provenientes del país norteamericano.  Larry Elliott, editor de la sección de economía del diario The Guardian ha comparado esta situación a la crisis de los misiles de la década de 1960, entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Donald Trump mantiene la creencia que el daño es más grande para China en este juego del gallina. Sin embargo, otros factores entran en la ecuación —por ejemplo, la personalidad de Xi Jiping quien está acostumbrado a ganar, o la transferencia del alza de costos por los aranceles a las empresas importadoras y consumidores estadounidenses— afirma Elliott.

Los efectos al mediano y largo plazo que puede traer esta guerra comercial a los mercados financieros y a la economía mundial son inciertos. Esta incertidumbre se observa en tiempo real en las bolsas internacionales, acostumbradas a que los líderes políticos capitalistas realicen anuncios que les traigan confianza. Sin embargo, Trump es diferente. Él no temé generar ansiedad entre inversionistas y dice lo que piensa en tiempo real a través de Twitter. Los tweets de Trump hacen temblar a los mercados financieros —y les hace perder dinero también—.

Laderman y Simms resumen la política exterior de Trump en tres rasgos principales. En primer lugar, su estilo de negociación de suma cero, en que busca imponer su posición. En segundo lugar, su extrema seguridad en su propio juicio al punto que ignora o desdeña la opinión de expertos o sus asesores cercanos. Por último, y ligado a lo anterior, un estilo muy intuitivo de toma de decisiones. Él ha afirmado “la gente está sorprendida sobre lo rápido que yo tomo decisiones grandes, pero yo he aprendido a confiar en mis institutos y no pensar las cosas demasiado” (citado en Laderman y Simms, p.77). La combinación de estos rasgos y un contexto internacional donde más líderes autoritarios como Donald Trump, están llegando al poder no hacen sino aumentar la preocupación.

Epílogo

Retomando a Nassim Taleb, en unos años posiblemente podremos explicar con mucha claridad —como en un espejo retrovisor— todos estos acontecimientos del pasado reciente y los que están por venir. Por ahora, como ciudadanos del mundo —es decir, que no tenemos derecho al sufragio en Estados Unidos— dependemos de la política de ese país. La retórica populista de Trump es un asunto delicado, más delicado del que muchos analistas habían asumido hasta años recientes: algo que pasaba en América Latina y algunos países de Europa.

Por ello, aspectos tales como el posible juicio político que se le podría hacer a Trump están siendo evaluados con mucho cuidado por estrategas políticos. El reciente informe del fiscal especial Robert Mueller, sobre la posible implicación de Donald Trump en la intervención rusa de las elecciones de 2016, da elementos que podrían ser suficientes para iniciar un proceso que podría despojar a Trump de sus credenciales presidenciales. Sin embargo, esa decisión podría incomodar a muchos de los simpatizantes de Trump.  Esa es una tesis que manejan varios políticos en el Partido Demócrata, aunque otros, como la líder demócrata Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes, considera lo contrario.  

No se quiere incomodar ‘al pueblo’. Este definitivamente ha sido bastante perjudicado por la globalización y sus opiniones han sido ignoradas en los debates intelectuales y de deliberación democrática. Empero, ‘el pueblo’ estadounidense por ahora apoya a Donald Trump, un líder autoritario con una personalidad muy peculiar y mucho poder.

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