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La disidencia no está en un collar: comentario de la película On the basis of sex

Autor/a: 
María José Guillén

El 9 de mayo de 2019 el Observatorio de los Estados Unidos organizó un cine foro sobre la película On the basis of sex, en la Facultad de Ciencias Sociales, de la Universidad de Costa Rica. Esta relata varios episodios de la vida de la Magistrada de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, Ruth Bader Ginsburg. De especial interés en la película, es la defensa por la equidad de género, la cual durante la década de 1970 lideró Bader Ginsburg en los tribunales estadounidenses. 

La profesora de la Escuela de Ciencias Políticas, María José Guillén, amablemente aceptó nuestra invitación a participar en este foro realizando un análisis muy interesante de la película, el cual reproducimos a continuación.

 

María José Guillén
Profesora
Escuela de Ciencias Políticas
Investigadora
Centro de Investigación y Estudios Políticos
Universidad de Costa Rica

Qué montón de hombres, qué montón de blancos anglosajones, qué montón de trajes enteros ¿quiénes pueden pagar un traje entero? Esas son las primeras cosas que pensé mirando la primera escena de la película On the basis of sex. Mi seguidilla de impresiones fue como un filtro de palabras clave que depuró los resultados de una búsqueda, y ese “montón” de hombres blancos anglosajones que pueden pagar un traje entero, se volvieron un puñado. Un puñado que hace las leyes, y las aplica.

Un puñado que, en las cortes y en el corazón de Harvard, seguía defendiendo la Tradición de un país que desaparecía ante la efervescencia social que demandaba justicia, un país, que, de hecho, tal vez nunca existió. En Occidente, la incorporación de las mujeres al mercado laboral, a las grandes zonas industriales, a las máquinas de coser y a los coffee-maker, trajo consigo una implacable contradicción: aunque el salario nos podía dar alguna autonomía económica, no nos sostenía solo a nosotras, los ingresos, como el tiempo de las mujeres trabajadoras estaban divididos entre muchas personas. Nuestro trabajo pagado era más barato, y el trabajo no pagado se entendía y se entiende dentro de los reinos del amor y el mandato divino. Nuestra salud sexual y reproductiva dependía de la voluntad de los maridos, o de la resistencia infrapolítica que nos permitió acceder a la píldora anticonceptiva a escondidas; la necesidad de asistencia social estatal, así el color de piel la convertía en el blanco del estereotipo de la welfare queen a las mujeres negras, la posibilidad de compartir las tareas domésticas era un chiste, y podría continuar con esta tremenda lista de injurias, pero no lo haré. La incorporación de las mujeres a las universidades y a las profesiones liberales, pero también la toma de las calles, y la ruptura de mandatos permitió visualizar en gran medida, lo que cientos de años atrás venía pasando: las diferencias sexuales eran transformadas en desigualdades de género.

Sin embargo, ¿Por qué nos es más fácil voltear a mirar cuando es Ruth Bader-Ginsburg la que habla? La denuncia contra el machismo y su eco en la sociedad, no puede seguir siendo un privilegio de clase, tampoco, debería ser pensada en términos individuales, de la bajita Ruth versus el Goliat de la Corte Suprema de Justicia. La disidencia no se halla en un collar1, y aunque toque a las puertas de los tribunales, no es ahí donde se forja, algo que nos recuerda el personaje de RBG en los cuatro minutos de réplica que le dan los jueces: “el cambio ya empezó, y la Corte no le tuvo que dar permiso”. Las movilizaciones por los derechos civiles de la población negra, por la libertad de expresión, por los derechos de las mujeres, por la paz en Vietnam y otros, anunciaban puntos de giro en la historia de Estados Unidos que no todos querían ver suceder. Lo cierto es que los años sesenta fueron una fuente de creatividad política y artística que sentó las bases de muchas conquistas sociales, que al día de hoy se tambalean.

Tanto adentro como afuera de la institucionalidad estadounidense, el conservadurismo y la disidencia se enfrentan, y nos muestran que no hay quien se salve de contradicciones o desilusiones. Los notorios casos de Moritz v Comissioner of Internal Revenue (el hombre soltero que cuidad a su madre y al que el estado niega una reducción tributaria) o de Reed v Reed (en Idaho a una mujer se le niega la posibilidad de administrar una finca por su género), fueron ganados por Bader-Ginsburg, como los primeros precedentes en contra de la discriminación por sexo. Pero ella no es la única voz del disenso, y esto hay que tenerlo claro, sobre todo cuando se conjugan otros supuestos de discriminación como el étnico/racial.

El caso Davis v Ayala es un ejemplo de lo anterior. En 2015, la Suprema Corte de Justicia mantuvo la pena de muerte a Héctor Ayala, de origen latino, después de que personas negras e hispanas fueran rechazadas como parte del jurado que vería el caso, bajo la justificación de recusaciones perentorias. Ayala había sido arrestado en los años ochenta por el asesinato de tres personas después de un intento de robo en California. La jueza Sonia Sotomayor fue la voz del disenso, y escribió una opinión de minoría en la que argumentó que la sentencia de Ayala debería revertirse porque la exclusión del abogado del mismo de las audiencias "influyó sustancialmente en el resultado" del caso. Bader-Ginsburg y otros dos jueces se unieron al documento de Sotomayor. 

Pero, volviendo al tema de la importancia de pensar la clase a la hora de analizar las denuncias relacionadas al género. Me parece que como feministas hay que repensar la diversidad de facetas, opiniones y opresiones por las que pasamos las mujeres hoy en día. Pues si bien somos una mayoría numérica (51% de la población nos dice la película), somos un grupo social minorizado por el patriarcado, pero heterogéneo en su composición socio-económica, cultural, geográfica y política, con una multiplicidad de demandas que no siempre pueden atenderse o representarse en las Cortes. Los guantes de seda de RBG, son un ejemplo de la composición de la institucionalidad que todos los días es desbordadas por la vida cotidiana de millones de personas, cuyos derechos son vulnerados. No es que no sean importantes y necesarias las Sonias Sotomayor o las Alexandrias Ocasio-Cortéz, es que, si seguimos mirando para arriba, solamente veremos el producto procesado del disciplinamiento que la ley y el orden hacen de la complejidad social.

 

Notas

1.   Ruth Bader-Ginsburg es conocida por lucir un llamativo collar, que en redes sociales fue bautizado como el collar de la disidencia.

 

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