Elecciones 2018: de la entropía del cambio a la estabilidad conservadora


Escrito por: Lic. Christian Sánchez

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26 de abril del 2017


Para nadie es un secreto que en las elecciones nacionales se combinan elementos de distinta “naturaleza”, desde aquellos en los que se invocan viejas conquistas logradas por los próceres de la patria, donde además salen al encuentro las grandes obras que sembraron la esencia de la institucionalidad costarricense, hasta los más sonados escándalos que ensordecen los oídos del “ciudadano de a pie”, ese ciudadano ideal sobre el cual descansan los pesares de una seguidilla de gobiernos a los que se les imputan calificativos varios, la gran mayoría conocidos de sobra: corruptos, inoperantes, decaídos, etc.

Tampoco es un secreto que en los albores de cada elección comienzan a surgir nombres y apellidos, algunos de ellos rememoran caudillos, otros, intereses emergentes que luchan por ocupar un  espacio en los estrados por donde se cuela el poder.  Antes la política  despertaba pasiones, hoy no es difícil encontrarse con personas que procesan ágilmente la ecuación de “política igual corrupción”. No faltan tampoco quienes, defraudados de la política, esgrimen tesis muy similares a las de antiguos pensadores, tales como Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint Simon, quien en vida fustigara lo que para él era un sinsentido: la clase política no debería estar conformada por “ociosos”, es decir, por personas improductivas (en su contexto se refería expresamente al clero y la nobleza) en su defecto, debería estar compuesta de personas productivas tales como los trabajadores y obreros, tesis que al final de su vida y obra le valieron la etiqueta de socialista utópico.

Paralelamente a estas aseveraciones, surge la impronta del rompimiento simbólico de una gran parte de la ciudadanía con respecto a la política y  los políticos, al tanto que se refuerzan ciertas representaciones que ponen en entredicho la esperanza de alcanzar un “gobierno impecable” que subsane los crecientes vacíos dejados por anteriores administraciones. En medio de esta incertidumbre cabe cuestionarse de dónde proviene el ya enraizado discurso del “descontento”  y cuál es la fuerza motora que le imprime tanta relevancia en el contexto actual, es decir, de qué forma opera el descontento de la ciudadanía con la clase política y la política como totalidad social, y cómo se proyecta este “imaginario” de cara a las elecciones del 2018.

De manera ilustrativa, el poder hermenéutico de la analogía nos puede venir muy bien. Al igual que la energía en un sistema cerrado tiende a distribuirse de tal manera que se llegue a un equilibrio (si juntamos dos trozos de metal, uno caliente y otro a temperatura ambiente, es de esperar que la energía disponible en forma de calor fluya del trozo caliente al trozo frío hasta llegar a un equilibrio térmico) el poder tiende a “fluir” de manera similar hasta favorecer el establecimiento de una configuración determinada. Mientras que en termodinámica acudimos a la entropía para determinar el diferencial de cambio del sistema cerrado de la configuración “A” a la  configuración “B”, en política, lo vemos a través del status quo, o bien, de la imposición de un orden determinado sobre otro.  Visto de esta forma, hablamos del poder como estrategia para mantener o consolidar un orden establecido en pos de otro, donde el descontento generalizado de la ciudadanía hace las veces de la energía en un sistema cerrado.

La pregunta que cabe hacerse ahora es, ¿cómo se crea este “descontento” y por qué es tan importante en una elección?  Volvamos los ojos por un instante al año 2014. La idea mágica del  “cambio” sirvió como antesala al golpe que hizo temblar las bases del status quo imperante, consolidado primero, sobre el ideario de un bipartidismo ya desgastado y, luego, por dos gobiernos consecutivos de Liberación Nacional (2006-2010 y 2010-2014), en los que se apuntaló un resquemor profundo ante una percepción insondable de inoperancia y corrupción.

En efecto,  el desgaste de las estructuras internas de los dos partidos políticos de mayor trayectoria histórica del país y el posicionamiento de nuevos líderes a lo interno de cada partido no es un suceso extraño, sino el resultado de un proceso social catalizado por los medios de comunicación que puso en la agenda nacional un cuadro crítico de insolvencia institucional y corrupción en las altas esferas del “poder”, proceso que ya había presentado ciertos episodios  con anterioridad: Otton Solís, posterior a la fundación del PAC ya había hecho señalamientos en cuanto a la corrupción imperante en el PLN, partido del cual se desprendió junto con otras figuras de peso. Antonio Álvarez Desanti emuló las acciones de Solís, al hacer una valoración negativa de los mecanismos de operación del partido e intentó hacer casa propia, obteniendo resultados poco alentadores.

Entretanto, tres ex mandatarios eran sujetos de graves cuestionamientos en torno a los popularmente conocidos casos Caja-Fishel e ICE-Alcatel, en  donde los ex presidentes Rafael Ángel Calderón por el primer caso y  Miguel Ángel Rodríguez por el segundo, fueron a comparecer por crímenes de peculado. Otro de los supuestos implicados en el caso ICE-Alcatel, José María Figueres, se sirvió de los vacíos del ordenamiento jurídico costarricense y esperó a que la causa en su contra prescribiera, luego de 10 años de “autoexilio”.  Hoy, este último es precandidato del Partido Liberación Nacional y lucha por establecerse como candidato en contraposición a la tendencia del arismo, la cual busca posicionar nuevamente su agenda política a través de aquel quien, en su momento, señalara serias vicisitudes  a lo interno del PLN, es decir, Antonio Álvarez Desanti.

Así, los dos casos de corrupción que sangraron la intención de voto por el PUSC y la pugna interna de tendencias dentro de Liberación Nacional (Arias Sánchez-Araya Monge), auguraron un escenario político en el que el ofrecimiento de un cambio enamoró a una ciudadanía cansada de, otra vez, la fórmula tradicional asociada a corrupción e inoperancia. La estrategia vencedora fue entonces, aquella que logró ponderar la “energía” de la insatisfacción a su favor.

El escenario que se empieza a perfilar, al igual que los sistemas termodinámicos, es disímil en su composición al de las anteriores elecciones, puesto que el grado de insatisfacción ha variado lo suficiente como para no ser útil como parte de una estrategia para impulsar al electorado a votar nuevamente por la “alternativa del cambio”, principalmente porque ese elector “volátil” hoy se siente defraudado por el beneficio de la duda que le suministró en las urnas al PAC. Es justamente este ideario el que ahora opera a favor de la fórmula conservadora.  El peso simbólico de un gobierno catalogado como “inoperante” (con o sin fundamento) es de igual o mayor magnitud que el de uno corrupto y en un país como el nuestro en el que los medios de comunicación tienen una cuota importante en el establecimiento de la agenda pública, no es de esperar que la percepción de fraude y desilusión se haga mayúscula en tanto más se acerquen las elecciones.

Aunado a lo anterior, la configuración actual del status quo parece no ser del agrado de las élites que en su momento tenían luz verde para hacer y deshacer. Es por ello que resulta entendible que vuelvan a servirse, a  través de una crítica sistemática, de la susceptibilidad de la ciudadanía para impedir la llegada o el sostenimiento de un gobierno que atente contra los espacios privilegiados a través de los cuales puedan aplicar sus estrategias de poder.

Es por ello que, en un contexto en el que instituciones emblemáticas como la CCSS parecen diluirse en medio de la incertidumbre, no sobran discursos que emplazan a los y las costarricenses de nuevo en la Costa Rica de antaño, donde parecía dibujarse un horizonte país de la mano de un líder rodeado de cierto misticismo. Justo a esa parquedad es la que hoy enfilan sus baterías los partidos políticos, tradicionales o no, los cuales buscan encantar a una ciudadanía plagada de sentimientos de molestia, desidia e incertidumbre con la posibilidad de “encaminar” a Costa Rica de nuevo por la senda del progreso. No sería extraño tampoco que se reanimara cierto tradicionalismo patrio en la ciudadanía y se despertara alguno que otro convaleciente político. Bien dice el saber popular que en política no hay muertos.

 

 

 
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