La pesadilla de vivir entre monocultivos


 Elaborado por María José Guillén Araya

Investigadora del CIEP

07 de septiembre, 2017


En los años 80 con las reformas de ajuste estructural se impulsó la exportación de productos agrícolas no tradicionales. Esto significó dos cosas: la promoción de cultivos como la piña y el direccionamiento hacia el mercado internacional. La primera implicó la reconversión productiva de muchas zonas y agricultores, el abandono de la “Mamita Yunai” de la zona sur en realidad implicó la transformación de los bananales en fincas palmeras, en otras áreas causó la desaparición de pequeñas unidades productoras de granos básicos. El fomento de la exportación tuvo como consecuencia la imposición de nuevas condiciones de acceso al mercado, cosa que las corporaciones transnacionales lograron resolver sin complicaciones, no solo por su infraestructura, presencia en toda la cadena productiva, y capacidad de inversión, sino  también porque facilidades especiales fueron promovidas institucionalmente, este es el caso de los Certificados de Abono Tributario, PINDECO, subsidiaria de Del Monte, concentró el 10% del total.

 

A partir de los años 80 la palma aceitera inició un proceso exponencial de crecimiento, tanto en área como en rendimiento. Desde 1984 la extensión cultivada ha crecido un 294,6%, pasando de 16.830,2 hectáreas a 66.419,8 en el 2014. Si usted alguna vez ha recorrido la Costanera, ha sido testigo de los cuatro bloques gigantescos de palma aceitera que van desde Parrita hasta la frontera con Panamá. Éste es uno de los cultivos más productivos, no solo debido a que requiere poca mano de obra y al mejoramiento genético, sino a su naturaleza flexible (flex crop), pues la multiplicidad de partes aprovechables de la planta, de usos y de productos derivados (aceite vegetal para consumo humano, para jabones y productos cosméticos, uso farmacéutico, biodiesel, entre otros…), reduce el riesgo de las inversiones y potencia las ganancias.

 

Este monocultivo requiere de poca mano de obra, pero de un gran paquete de agroquímicos entre los que se incluye el conocido y dañino glifosato. Según el Instituto Regional de Estudios en Sustancias Tóxicas de la UNA, se determinó que este herbicida era el de mayor uso en el país. El glifosato fue clasificado en 2015 como un “posible carcinogénico en humanos” por la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer, también ha sido vinculado con daño a las células de la placenta humana, malformaciones, abortos, problemas hormonales y genitales.

 

Las ganancias que genera este monocultivo no se ven reflejadas en el eslabón más bajo de la cadena productiva, los trabajadores no perciben el éxito comercial en sus ingresos. Asimismo, son estos últimos quienes sufren las consecuencias de salud del contacto directo con los fertilizantes, pesticidas y herbicidas regados en las plantaciones. Según el estudio de Morales y Segura sobre el CENAGRO, existe una relación directa entre necesidades básicas insatisfechas y empleo agrícola, es decir, los cantones donde hay mayor presencia de actividad agrícola empleando a la población, son los mismos con altos niveles de pobreza. El mantra que repiten los promotores de estas iniciativas económicas “más empleo igual a más desarrollo” se cae a pedazos cuando los ingresos generados y la calidad del trabajo no logran asegurar calidad de vida.

 

En Buenos Aires, pero también hacia la frontera norte del país, nos encontramos con las grandes extensiones piñeras. La piña ya se cultivaba en Costa Rica antes de los 80, sin embargo, fue en esta década cuando encontró su punto de partida para el crecimiento, hasta convertirse en la década de los 2000 en el principal producto de exportación. A pesar de todas las características sociales y ambientales adversas, la actividad ha gozado de cierto prestigio que no ha venido solo, sino que ha sido resultado de estrategias como la “carbono neutralidad” promovida por el último gobierno Arias Sánchez. Para el 2007 la empresa Dole fue la primera empresa bananera y piñera en ser carbono neutral. Lo cierto es que esta estrategia ha sido criticada por no tener efectos reales y duraderos contra el cambio climático. Mientras las frutas tienen un sello “verde” o ecológico, estas empresas rehuyen a las responsabilidades por la contaminación de los suelos y las fuentes de agua, así como por la afectación negativa de la salud humana y animal.

 

Esta abrumadora presencia territorial de los monocultivos se hace sentir en la vida de las y los vecinos a las plantaciones, sean trabajadores agrícolas o no. Cada vez nos hallamos más arrinconados por un monstruo verde que come humedales, parcelas campesinas y salud, para vomitar contaminación, enfermedades y pobreza. ¿Será que logramos despertar de esta pesadilla?

 

 

 

 

 
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